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1991: El Este llega a la Bundesliga

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La complicada historia alemana del siglo XX ha tenido trascendencia en todos los ámbitos de la vida, y el fútbol no ha sido una excepción. En noviembre de 1989 caía el muro de Berlín y la reunificación cada vez parecía más cercana. La expectación por ver cómo iban a integrarse ambos bandos en un solo país fue la nota dominante durante los meses posteriores a este momento histórico. La temporada 90/91 fue la última en la que se jugaron la Bundesliga y la DDR Oberliga por separado, y para los Ossis la recompensa por hacer un gran año era la posibilidad de formar parte de la élite futbolística alemana luchando cara a cara contra los grandes clubs del Oeste.

Dos Dinamos, el de Berlín y el de Dresden, habían sido los grandes dominadores del torneo de la RDA desde su nacimiento en 1949. Especialmente el conjunto de la capital era el principal favorito para formar parte de la nueva Bundesliga, ya que había ganado el torneo de manera ininterrumpida entre los años 79 y 88, pero aquel año no fueron capaces de lograr su objetivo. Dirigidos por la Stasi, eran mucho los que acusaban a los berlineses de fraudes antideportivos en la mayoría de sus logros, pero con el muro ya caído parece que la influencia de la policía secreta de la RDA no fue tan efectiva. Esto sirvió para que un humilde equipo del norte del país, el Hansa Rostock, emergiera de la nada para acompañar al Dinamo de Dresden en la primera liga alemana unificada.

Dirigidos por el occidental Uwe Reinders, los jugadores del Hansa Rostock hicieron una temporada inmaculada en la que lograron el título de liga y con ello el pasaporte para la siguiente Bundesliga. Reinders hizo historia por partida doble en el Rostock: se convirtió en el primer entrenador del Oeste que dirigía a un conjunto de la RDA, y agradeció esa confianza llevando al equipo a lo más alto en su primer año. Las dificultades de los equipos del Este para asumir las condiciones de la Bundesliga provocaron que muchos de ellos desaparecieran de la élite para siempre. Conjuntos como el Magdeburgo o el propio Dinamo de Berlin, no volvieron a levantar cabeza, y se encuentran actualmente en categoría regional.

Pero el Hansa Rostock no desistió en su empeño de hacerse un hueco entre los grandes y comenzó la temporada siendo la revelación de la Bundesliga con impactantes victorias frente al Nuremberg, el Dortmund o aquel inolvidable 2-1 contra el Bayern de Munich que quedará para la historia. Sin embargo, los resultados dejaron de acompañar, y ya eran muchos los que pedían la cabeza de aquel entrenador del Oeste que estaba “hundiendo” las ilusiones de una ciudad novata en estas lides. El fútbol no tiene memoria, y a las primeras de cambio Reinders fue destituido. El cambio no mejoró las prestaciones del equipo que acabó descendiendo a la Segunda División, dejando la siguiente temporada al Dinamo de Dresden como el único representante del Este del país. En 2011 en Rostock se vieron algunas pegatinas, en las que se podía ver a los tres entrenadores que habían conseguido ascender al equipo en los últimos años, la imagen de Reinders llamaba la atención por encima del resto. No salió del club de la mejor manera posible, pero este gesto 20 años después demuestra el agradecimiento de los aficionados a un intrépido Wessi que creyó en el sueño de una ciudad de poder codearse con los mejores.

Han pasado más de 23 años desde la caída del muro pero las diferencias entre ambas zonas de Alemania es todavía muy palpable. En términos económicos, sociales y como no, futbolísticos. Algunos equipos Ossis han intentado asomar la cabeza en la Bundesliga en las dos últimas décadas. El Leipzig, el Energie Cottbus de Angela Merkel o el propio Hansa Rostock, que renació de sus cenizas para convertirse en un clásico de la primera división a comienzos de siglo, han sido algunos ejemplos. Pero la cruda realidad es que en los últimos 4 años ningún club al otro lado del Telón de Acero ha participado en la máxima competición alemana. Esperemos que en las próximas temporadas el Este vuelva a estar representado para demostrar a toda la nación que Alemania ha cerrado todas las heridas del pasado, gritando al unísono: Wir sind ein Volk! (Somos un solo pueblo).

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